A puerta cerrada, ojos bien abiertos – de Jean Paul Sartre, con dirección de Lis Rivas

Jean Paul Sartre nació en París en Junio de 1905 y falleció en la misma ciudad en 1980, fue filósofo, escritor y dramaturgo. Ateo y fiel exponente del existencialismo.
Dentro de su obra podemos encontrar, novelas y relatos, destacando entre ellas  “La Nausea” o  “El muro”; obras teatrales, donde se destacan “Las moscas” o “A puerta cerrada”; ensayos; obras filosóficas como “El ser y la nada” o “El existencialismo es un humanismo” y críticas literarias, entre ellas “El idiota de la familia, un estudio sobre Flaubert”.

Sartre consideraba que el ser humano está “condenado a ser libre”, es decir, arrojado a la acción y responsable plenamente de la misma, y sin excusas. A su vez, concibe a la existencia humana como existencia consciente. El ser del hombre se distingue del ser de la cosa por ser consciente. La existencia humana es un fenómeno subjetivo, en el sentido de que es conciencia del mundo y conciencia de sí.

Dice…

El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo.

El existencialismo es humanismo.

Brindada la introducción pertinente, acerquémonos entonces al teatro, área que nos compete en este blog.

La primera obra teatral que leí de este autor fue “Las moscas” allá por el 2001, esta basada en la mitología griega donde entre otros temas se habla de crímenes y venganza, pero por sobre todo de la culpa (representada por las moscas) y es ahí donde se hace presente el existencialismo de Sartre. Si bien la obra me pareció muy interesante, no volví a leer mas teatro del autor.

Tampoco había concurrido a ver ninguna representación de sus obras hasta hoy que la cita fue en “Korinthio Teatro”, y la obra, “A puerta cerrada”.

El clima lo empezamos a vivir desde que estamos esperando ingresar a la sala por medio de Lis Rivas, directora y actriz del espectáculo. Al hacerlo, nos encontramos con un escenario bien seleccionado para el clima intimista que se necesita transmitir, y antes de darnos cuenta, ya estamos inmersos en el laberinto que nos proponen.

Interesante propuesta de primer acercamiento hacia la gente, donde vemos a Lis representando a “el mozo” con su carácter “mas allá del bien y del mal”, un ser andrógino incluso hasta por los textos de los otros personajes, donde algunos lo llaman “él” y otros “ella”.

Ahora le toca el turno a Pablo Mingrino con su personaje de Garcín, un hombre cuarentón que al parecer no esta muy conforme con ciertas características del lugar que “le asignaron”, pero que en el inicio mismo, cambia la perspectiva que uno podía tener de “el mozo” al aportar un dato sutil pero clave, ya que da cuenta que es o fue igual que ellos. De esta forma lo iguala y lo baja del plano omnipotente con que lo percibíamos hasta aquí. Y si hablamos de Sartre, entenderemos por qué esto tiene vital importancia.

A posterior hace su ingreso Marcela Santanocito y nos trae a Inés, quien con su primera frase expone su rol cercano al “sincericidio” buscando al verdugo que “no está”, esto nos muestra a Inés como la representación fidedigna del existencialismo. Si Sartre tendría que representarse en un personaje, sin dudas sería Inés. Finalmente vemos llegar a Flavia Vitale para conocer a Estelle, un personaje que se nos presenta como un engaño del valor a lo superfluo, para terminar haciendo de su lápiz labial la construcción de su gran máscara. No me extrañaría que con este personaje el autor haya querido jugar sus facetas distantes de la monogamia.

Los cuatro actores desarrollan de forma excelente sus representaciones, cada uno tiene su momento para consigo y para con el otro. En el transcurso de la obra podremos observar un muy buen trabajo de vínculos, muy buenas interpretaciones de monólogos, donde se juega algo que no es sencillo de concebir como ser la acción de proyectar en el afuera. Para ser mas claro, aquello que el espectador no ve de forma directa, pero que estos actores logran transmitir como imágenes cuando se paran de frente a nosotros y nos hablan de su “pasado-presente”.

Este párrafo esta dedicado a Marcela Santanocito, y aquí, permítanme ponerme de pie, porque hace rato que no veo en teatro una representación tan destacada desde todo punto de vista, y vale la pena mencionar: concentración, cuerpo, manejo de la energía, utilización de los tiempos escénicos, voz, tanto para hablar como para entonar, vínculo más relación con el otro y composición de personaje.

Ahora que dejé de aplaudir, me vuelvo a sentar y sigo escribiendo… esta mujer a través de Inés, es la que logra que entienda la obra cuando todavía la dramaturgia no comete el, a mi gusto y criterio, grave error de ser explícita y explicarme todo lo que sucede (quienes son, que hicieron, donde están y por qué). Con el gran trabajo actoral, no creo que hiciera falta.

Si bien los tres actores logran que uno se sienta representado en cada uno de los personajes, particularmente Marcela me conmovió al punto de tener que hacer un esfuerzo para controlar una lágrima.

Yendo a la obra, lo que tiene de interesante mas allá de lo que cuenta “en sí misma”, y hay que dejarlo claro, es que no debe haber un solo ser humano en la butaca que no se reconozca en lo que esta observando y esto no es solo una virtud del autor, es una gran virtud de los actores y de la dirección que logran llevarlo a cabo de manera brillante.

La historia trata básicamente sobre la salvación, la necesidad humana por la redención del otro, pero en definitiva de uno mismo sobre sus actos, que en este caso son particularmente graves, pero bien podríamos estar hablando de actos mucho mas sencillos y cotidianos. Cada personaje tiene una historia, un back que intenta ocultar durante el tiempo que puede, pero que al darse cuenta de este laberinto sin salida, no le queda mas alternativa que terminar en un desesperado e inútil intento de pedido de auxilio hacia el otro, el que tiene a su lado y que por algo esta allí. Se menciona en un momento que fueron seleccionados, ¿Por quién?, pregunta sin respuesta a libre interpretación del espectador.

Para finalizar, aquí como en Las Moscas es donde Sartre y su filosofía dicen presente exiliando a Dios del plano de ser superior, para que nos hagamos cargo nosotros mismos de nuestros actos, sus consecuencias y la angustia que nos puede generar en aquellos momentos donde buscamos, a través de intentos desesperados, una salvación que provenga de donde sea. En definitiva, y como bien sucede en esta obra, tenemos que decidir cual es nuestro mejor refugio, elegir donde queremos estar.

Seremos capaces al menos de tomar una decisión?

Al igual que el autor, lo dudo, y si no, después de ver esta obra, lean “El ser y la nada”, eso sí, con la angustia hagan lo que puedan, quizás si no son ateos como Sartre, logren al menos una esperanza.

Prensa:
Laura Castillo

KORINTHIO TEATRO
Junín 380 (mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4951-3392
Web: http://www.korinthioteatro.blogspot.com
Entrada: $ 30,00 – Sábado – 20:30 hs – Hasta el 28/08/2010
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